¿Quién me ha robado 2013?

Hoy me he animado a empezar un blog (el primero de la vida). Todo empezó con el formulario que tengo que llenar para sacar mi pasaporte canadiense, después de 7 años de vivir en estas tierras. La verdad no me alegra, más bien me da pena dejar mi pasaporte atrás, sobre todo ahora que tiene sellos de Asia (un sueño hecho realidad). En el formulario me preguntan qué he hecho en los últimos 24 meses. Los últimos 12 meses los recuerdo bien: hice dos cosas que había querido siempre: Mochilear en Asia con mi esposo-oso y comenzar una maestría. Pero antes de eso… ¡uf!

A fines de 2012 me quedé sin trabajo. Y a comienzos de 2013 tras dos años intentando con el método divertido, empecé la aventura de la procreación asistida. El resto de 2013 simplemente no lo recuerdo. Conjunto nulo, vacío. El otro día, buscando un video para un proyecto de la maestría encontré unos videos en los que hablaban del color de las emociones. Mencionaban, por ejemplo, que hay personas que cuando se enojan ven rojo. Otros, cuando se deprimen, ven negro. En mi caso fue exactamente así. Negro.

A Sabina le robaron el mes de Abril, a mí me robaron casi todo 2013. No sé si fue por la cigüeña que no llega, o fue un efecto de las hormonas. Pero mi vida se puso en stand-by. Me gustaría haber comenzado a escribir entonces, así podría reconstruir lo que pasó. Pero no tenía fuerzas para eso. Sacarme de la cama para que tome una ducha ya era todo un reto. En tonos de negro, me recuerdo en un día de invierno diciéndole a mi esposo “creo que me estoy deprimiendo”, cuando la cosa apenas comenzaba, y a él respondiéndome con un tajante “no vengas con huevadas”. ¡Ouch! Ahora entiendo su reacción mejor, pero entonces me dolió mucho y opté por no decir más nada y empecé a pensar en el divorcio. Hasta que un día llegó él del trabajo y me dijo triste y preocupado que a Felipe, uno de sus mejores amigos, le habían diagnosticado depresión severa y lo estaban medicando. Le respondí: “le habrás dicho que se deje de huevadas”.  Creo que fue entonces que su actitud se volvió más empática y emocionalmente volvimos a acercarnos, pero él estaba lejos físicamente 80% del tiempo por trabajo. Y yo me quedaba sola. Terriblemente sola.

Yo también tenía en esos días dos buenas amigas con recientes diagnósticos de depresión y prescripciones farmacéuticas. Creo que eso me hizo tomar conciencia y un día tuve cinco minutos de fuerza y reconocí la necesidad de buscar ayuda. Ir a ver a un médico cubierto por mi seguro social para salir con una prescripción de tranquilizantes genéricos que se sumarían a las hormonas que estaba tomando, no sería mi plan A. Pero no estaba trabajando y no tenía presupuesto para pagar una psicóloga, además, unos años antes, una crisis existencial me había llevado a ver una por tres sesiones de las que salí sintiéndome peor de lo que entré. Reconozco que tres sesiones es muy poco para terapia, pero yo tenía que aprovechar esa ráfaga de fuerza. Rápido. Recordé a una conocida que no veía hace mucho con la que tuve buena química y que era coach de vida. La llamé, acordamos un flexible sistema de pago, y poco a poco la vida se me fue recoloreando antes de que acabe el año.

-Oso, voy a poner deprimida en el casillero 2013 de mi formulario.
-Mejor pon ama de casa.

Pero no era cierto (si ni siquiera tendía la cama), así que con resignación escribí desempleada.

Si también has sentido que la cigüeña que no llega te roba pedazos de vida ¡Bienvenida al club!

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